Diario Fallero – 17 de marzo de 2026
El martes 17 de marzo comenzó con dos ritmos muy distintos, pero igualmente importantes para la vida de nuestra falla. Mientras algunos falleros y falleras ya estaban desde primera hora preparando el casal, la calle y la barra, organizando cada detalle para que todo estuviera listo, otros se reunían con una emoción muy especial.
A las 09:00 de la mañana, un numeroso grupo de la comisión partía con un objetivo muy claro: acompañar a nuestra Fallera Mayor, Saray, a recoger el merecidísimo tercer premio de nuestra Falla Grande. Un momento de orgullo absoluto. La ilusión se respiraba en cada paso, en cada sonrisa, en cada mirada cómplice entre falleros. Porque ese premio no es solo un reconocimiento al monumento, sino al trabajo, al esfuerzo y al corazón de toda una comisión.

Tras la recogida del premio y el regreso, el resto de la mañana y el mediodía transcurrieron con cierta calma. Una calma necesaria, casi obligada, porque todos sabíamos que la tarde nos guardaba uno de los momentos más importantes y emocionantes de las Fallas: la Ofrenda a la Virgen de los Desamparados.
Pero antes, a las 13:00, nuestro barrio vibró con una mascletà impresionante. El estruendo, el ritmo, la pólvora… ese lenguaje tan nuestro que se siente en el pecho más que en los oídos. Un espectáculo que volvió a recordarnos por qué las Fallas son únicas.
Y poco después comenzó el verdadero desafío organizativo del día.
A las 15:00, cientos de falleros y falleras de nuestra comisión, ya vestidos con sus trajes tradicionales valencianos, comenzaron a concentrarse para la Ofrenda. Un mar de colores, bordados, mantillas y emociones. Pero también un reto enorme.
Aquí es imprescindible detenerse y destacar el trabajo de Merche y Clau. En medio de semejante cantidad de gente, con horarios ajustados y la emoción a flor de piel, poner orden, organizar filas y coordinar la salida fue una tarea titánica. Desde estas líneas, un reconocimiento profundo y sincero: sin ese trabajo silencioso y constante, nada de esto sería posible.
A las 16:00, llegó el momento esperado. Fuimos a recoger a nuestra Fallera Mayor, Saray, a su casa, en una imagen difícil de describir: la calle completamente inundada de falleros y falleras, todos luciendo con orgullo sus trajes, formando una estampa espectacular.
Y entonces comenzó el camino.

El autor de estas líneas tuvo el privilegio de ir al final de la comitiva, y desde esa posición la imagen era simplemente sobrecogedora. La cabecera, donde marchaba el estandarte de nuestra comisión infantil, apenas se alcanzaba a ver. Entre ese punto y el final, un auténtico océano humano de falleros y falleras avanzando juntos.
Era imposible no sentir un profundo orgullo. Orgullo de pertenecer a una comisión tan grande, tan unida, tan viva.
Aunque en teoría salíamos relativamente pronto, el avance se fue retrasando. Más de una hora de demora, un misterio que, como bien se suele decir, “el cielo sabrá explicar”. Pero lejos de desesperar, ese tiempo se convirtió en más convivencia, más emoción contenida, más miradas que lo decían todo sin palabras.
Y finalmente, llegó el momento.
Las últimas calles. Los últimos pasos.
Y entonces… la entrada a la Plaza de la Virgen.
Es difícil explicar lo que siente un fallero o fallera en ese instante. Es una mezcla de respeto, emoción, orgullo y tradición que recorre todo el cuerpo. El ruido del entorno se transforma, el ambiente cambia. Cada paso hacia la Virgen pesa y al mismo tiempo eleva. Se siente la historia, la cultura, el significado de todo lo que representamos.
El corazón late más fuerte.
Los ojos se humedecen.
Y al levantar la mirada y ver la plaza, la Virgen, el manto formándose… uno entiende que no está simplemente desfilando. Está formando parte de algo mucho más grande. Un momento que conecta generaciones, sentimientos y raíces.
Para muchos, es el instante más importante de todas las Fallas.

Tras vivir esa experiencia inolvidable, la comisión regresó poco a poco al casal. Algunos aprovecharon para pasar por casa y cambiarse, pero pronto todos volvimos a reunirnos para cenar juntos, compartiendo anécdotas, emociones y ese cansancio feliz que solo dejan los días intensos.
Y aunque el día había sido largo, la noche aún tenía mucho que ofrecer.
A las 00:00 en punto, la calle volvió a llenarse. La discomóvil arrancó y, una vez más, nuestra falla se convirtió en punto de encuentro para numerosos visitantes. Música, baile, risas… una fiesta que se alargó hasta bien entrada la madrugada.
Un día completo. Intenso. Emotivo. Inolvidable.
Y lo mejor de todo…
Esto aún no ha terminado… mañana, más.
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