Crónica de una noche con fútbol de verdad: victoria 7-2 ante la Falla Trinitat Alboraya

Después de asistir al partido de la selección española contra Cabo Verde en el Mundial, uno podía pensar que el fútbol había entrado en una fase experimental: once hombres buscando una idea en el centro del campo como si estuvieran excavando restos arqueológicos bajo el césped. Por suerte, ayer por la noche llegó nuestro equipo de Fútbol 7 para recordarnos que este deporte también puede jugarse con alegría, inteligencia y, detalle revolucionario, mirando hacia la portería contraria.

La victoria por 7-2 ante la Falla Trinitat Alboraya no fue solo un resultado contundente. Fue una declaración de principios. Mientras algunos profesionales millonarios parecen necesitar tres patrocinadores, dos asesores de imagen y una nueva permanente para decidir si dan un pase hacia adelante, nuestros chicos resolvieron el asunto de una manera mucho más sencilla: jugando al fútbol.

Desde el portero comenzó la diferencia. Nada de pelotazos desesperados enviados al cielo con la esperanza de que San Iker, San Iniesta o algún santo disponible hiciera un milagro. El balón salía con calma, con sentido y con intención. La defensa no se limitó a sobrevivir, sino que construyó. El mediocampo no convirtió el césped en una rotonda sin salida, sino en una autopista hacia el ataque. Y arriba, los delanteros aparecieron una y otra vez frente a la portería rival como si tuvieran reserva permanente en el área.

La comparación con la selección fue inevitable y, seamos sinceros, bastante cruel. Allí vimos a jugadores dando vueltas con el balón como si estuvieran buscando el botón de “siguiente jugada” en un videojuego defectuoso. Aquí, en cambio, cada pase tenía una idea. Allí, el centro del campo parecía una sala de espera donde nadie se atrevía a llamar al médico. Aquí, el balón circulaba con velocidad, con criterio y con ganas de hacer daño.

Nuestros jugadores no necesitaron millones, ni cámaras lentas, ni cortes de pelo diseñados para sobrevivir a una alfombra roja.

Les bastó con algo mucho más raro en el fútbol moderno: compañerismo, movimiento y hambre de gol. Cada ataque parecía trabajado, cada recuperación tenía propósito y cada llegada al área rival aumentaba la sensación de que la Falla Trinitat Alboraya estaba viviendo una noche muy larga.

El 7-2 final reflejó lo que se vio sobre el campo: superioridad, ambición y mucha diversión. El equipo no se conformó con ganar; quiso jugar bien. No especuló, no se escondió y no trató el balón como un objeto peligroso que había que quitarse de encima cuanto antes. Lo cuidó, lo movió y lo llevó hasta donde el fútbol se vuelve interesante: cerca de la portería rival.

Y así, después de una noche en la que la selección española nos había hecho dudar de si el fútbol seguía siendo un deporte o una terapia colectiva de frustración, nuestro equipo de Fútbol 7 nos devolvió la fe. Frente a la Falla Trinitat Alboraya, nuestros chicos demostraron que la alegría de jugar no se compra con contratos millonarios ni se peina frente al espejo.

Se gana corriendo, pensando, pasando y marcando.

Ayer no solo ganamos 7-2. Ayer vimos fútbol.

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